Diez preguntas sobre el perdón (Dr. Norberto Levy)
(Artículo publicado en la Revista “Uno mismo” en Marzo, 2011)

Perdonar es disolver el rencor que siento hacia quien me hirió. Todos deseamos poder hacerlo, pero ¿Sólo basta con desearlo? ¿Qué caminos hay que recorrer para estar en condiciones de perdonar?

¿Es útil el exhortar a perdonar?
Estoy resentido con un amigo que me decepcionó y me dicen: “Bueno, perdonalo…”
Sin duda que el consejo tiene buena intención, pero… ¿Es suficiente con que me exhorten a perdonar para poder lograrlo? ¿El perdón es un acto de la voluntad como girar la cabeza o levantar una mano?
Evidentemente no lo es, y si bien la voluntad de perdonar es necesaria, no es suficiente.
Si estoy cerca de poder hacerlo puede resultar un “empujoncito final” que ayude, pero si la situación no es esa, suele complicarme más aún porque además del enojo, que sigo sintiendo, me siento con culpa por no poder perdonar.

¿Cuáles son las condiciones psicológicas que posibilitan el perdonar?
Una vez que hemos comprendido que el perdonar no depende exclusivamente de la voluntad, esta es la pregunta clave que surge y que es necesario responder.
Son varias las condiciones y las iremos explorando detalladamente.
Una de las primeras es que pueda expresar lo que siento, y que lo pueda hacer con claridad, firmeza y respeto: “estoy frustrado y enojado por tal cosa que hiciste, y me siento dolido por eso.”
Si se lo puedo decir directamente a la persona que me lo hizo, mejor, y si eso no fuera posible, es bueno que lo haga con quien pueda escucharme y acompañarme en lo que estoy viviendo porque de ese modo logro descargar y procesar la turbulencia inicial del enojo producida por la frustración.
El enojo retenido es una de las causas importantes que impide recorrer los pasos que conducen al perdonar.

¿Lleva tiempo entonces el perdonar?
Generalmente sí porque al principio estoy tan tomado por mi dolor que sólo percibo la acción que me hirió. Necesitaba que me escuchara y ayudara y no lo hizo. No hay lugar en mí para otra percepción. Si alguien me dice: “¿pero vos sabés qué le pasaba a él?” Lo único que puedo responder es: “¡En este momento no sé ni me importa qué le pasaba, todo lo que sé es que lo que hizo me dejó muy mal…!”
Recién cuando mi ofuscación disminuye es que puedo incorporar otra faceta: el estado en el que estaba mi amigo desde donde actuó como actuó. Entonces me conecto con el hecho de que él estaba muy afectado porque se acababa de separar y no estaba en condiciones de escucharme.
Este es un factor fundamental en la creación de las condiciones que permiten perdonar: el poder registrar el estado en el que se encontraba quien realizó la acción que me dañó.
Me seguirá doliendo no haber recibido su ayuda pero el reconocer el estado que lo generó me permitirá comprender mejor porqué hizo lo que hizo.
Comprender y perdonar son actitudes muy cercanas, casi sinónimos. Krishnamurti enfatizaba que cuando uno comprende se da cuenta que no hay nada que perdonar.

¿Es importante cómo explico lo que sucedió?
Es muy importante. En este ejemplo es la ausencia de mi amigo pero se extiende a cualquier otra situación en la que una persona me haya herido. Puedo pensar que lo que hizo es producto de un egoísmo esencial, y digo: “lo que pasa es que actuó desde esa fuerza destructiva que tiene que arruina sus relaciones”, o “en el fondo es un sádico y disfruta con el sufrimiento ajeno”, o “es un mal nacido y eso ya lo lleva en la sangre”. Ese tipo de explicación fortalece mi resentimiento y deseo de venganza porque siento que lo que tengo enfrente es una fuerza enemiga para mí.
El modo en el que explico un hecho particular está a su vez influenciado por la creencia que tenga acerca de las fuerzas básicas que rigen el comportamiento humano. Si creo, como suele decirse, que“el bien y el mal están en una eterna lucha en el corazón humano” estaré inclinado a atribuirle a esa fuerza del mal aquellos comportamientos que me hieren. No está de más recordar que esta creencia está muy arraigada en nosotros y que a esa fuerza destructiva se le han dado diferentes nombres: en las tradiciones religiosas se la llama el demonio, Satán, las fuerzas del mal, etc. y su equivalente conceptual en el universo psicológico es el impulso destructivo, el instinto de muerte, la negatividad, etc.
Cuando uno cree en la existencia de esa fuerza destructiva esencial, que es por definición irreductible, y le ha dado una identidad y un nombre, ya sea “el demonio” o “la destructividad primaria”, el personaje que la represente queda fuera de todo perdón.
En este escenario no hay lugar para la comprensión, la transformación o el perdón, sólo la expulsión o el encapsulamiento.

¿Existe otra cosmovisión?
Sí. Es aquella que afirma la existencia de una energía amorosa básica que está en la raíz de todo lo existente y que esta energía es la que, por carencia, inmadurez o ignorancia, se va distorsionando hasta desembocar en actos carentes de amor que resultan lesivos para quien los recibe, y en lo profundo, también para quien los ejecuta.
Desde esta perspectiva siempre hay en potencia una posibilidad de aprendizaje y transformación.
Si resumiéramos en una frase cada cosmovisión, una es: En el corazón humano hay una eterna lucha entre el bien y el mal…
Y la otra: En el corazón humano hay un continuo proceso de aprendizaje y crecimiento en curso…
Es muy ilustrativa esa dramática exclamación de Jesucristo en la cruz cuando dijo: “Perdónalos Señor, no saben lo que hacen”. Esa frase muestra que él reconoció el estado en el que estaban aquellos que lo estaban crucificando: en esencia, no maldad esencial si no inmadurez e ignorancia. De ahí el ”No saben lo que hacen.”

¿Qué papel juega el hecho de que quien dañó lo reconozca?
Un papel fundamental. El reconocimiento del otro de la acción que me dañó abre las puertas hacia el perdón. Cuando no lo reconoce es más difícil perdonar y mi resentimiento funciona como un recordatorio de lo que ocurrió y mi perdonar queda asociado más con un consentir una impunidad que con una comprensión superadora. Es bueno tenerlo en cuenta porque si bien el reconocimiento del otro no depende de mí, sí depende de mí el reconocimiento que yo pueda brindar acerca del daño que mi acción haya producido.

¿De qué depende la magnitud de la herida?
Aunque parezca obvio es bueno hacer explícito que cuanto mayor es la herida que siento haber recibido más difícil se hace perdonar.
Desde el punto de vista de lo externo tiene que ver con la magnitud de la acción que dañó y desde la perspectiva interna hay varios factores a tener en cuenta.
Por ejemplo, mi madre me abandonó y he quedado herido y resentido con ella.
Cuanto más se colma y se calma esa parte mía carente de amor materno a partir del trato, tanto de otras personas como de mí mismo, más se va achicando la herida y más factible se me hace la posibilidad de perdonar.

¿Perdonar significa que todo queda como antes?
El perdonar no quiere decir que todo sigue como si nada hubiera pasado.
Es como una herida que cicatriza. La cicatriz es el residuo mínimo que deja el proceso de reparación de esa herida pero la cicatriz está y su mejor destino es convertirse en algo que me deje una mayor comprensión de las frustraciones de la vida, es decir, que se convierta en un escalón más de mi crecimiento psicológico.
Podríamos hablar de niveles de perdón, desde aquel en el que hay perdón y reconciliación hasta aquel otro en el que si bien cesa mi resentimiento hacia quien me hirió, ya no siento deseos de continuar mi relación con él.

¿Existe el perdón hacia uno mismo?
Hasta ahora nos hemos referido al perdonar al otro pero es bueno saber que exactamente lo mismo se produce con el perdón a uno mismo. Paula, una alumna, me contaba: “Soy de Venezuela, me vine a vivir a Argentina para acompañar a mi marido. Al poco tiempo mi madre se enfermó y murió. Si bien llegué para acompañarla en sus últimos días, me siento muy mal de no haber estado con ella en todo su proceso. Pasa el tiempo y no me perdono lo que hice”.
Muchas veces, como Paula, uno produce acciones que siente desacertadas y que han producido dolor, tanto a uno mismo como a otros. El procesamiento de esas actitudes requiere el mismo trabajo que necesitamos realizar con las personas del mundo externo. En un caso es comprender porque hizo lo que hizo y en el otro, porque hice lo que hice. Cuando digo “comprender el porqué” me refiero, no a una comprensión meramente intelectual si no a esa comprensión integral que reconoce plenamente, con la mente y el corazón, que dado el estado en el que estaba quien actuó como actuó, aunque su conducta haya sido precaria y eventualmente perjudicial, esa fue su mejor respuesta posible en ese momento.
Como en el ejemplo de Paula, cuando asumo mi condición de aprendiz y los límites propios de dicha condición, cuando reconozco mis errores y aprendo de ellos, si bien la pena por lo que sucedió puede continuar como memoria dolorosa, lo que cesa es el auto reproche que tortura.

¿Qué quiere decir “Errar es humano, perdonar es divino”?
Esa es una frase muy generalizada. Tal vez a partir de estas reflexiones podamos comprender mejor qué quiere decir “divino”. Desde este punto de vista significa poder trascender la acción particular que me dañó y acceder al estado en el que se encontraba quien me lastimó. Percibir también la trama amorosa que está en la base de su comportamiento y la distorsión que desembocó en la acción que me ha herido.
En última instancia, esa es la trama que subyace en el “Perdónalos Señor, no saben lo que hacen”…
Si bien en esa frase el perdonar aparece como un atributo de lo divino, los seres humanos también podemos acceder a tal actitud y es una de las más hermosas señales de nuestra madurez psicológica.

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El Dr. Norberto Levy es médico psicoterapeuta. Creador del modelo: “Autoasistencia psicológica®”. Sus libros más recientes son: El Asistente interior, La Sabiduría de las emociones y La Sabiduría de las emociones 2.